Posteado por: wulfrano | diciembre 3, 2010

El fin de la infancia.

Una de las principales ventajas de pasar la infancia en los años ochentas en el DF en la colonia Del Valle era poder vivir en un microcosmos urbano de clase media alta chilanga. La susodicha contaba entonces con un sinnúmero de parques en todos sus alrededores, mismos parques que hoy día siguen ahí puesto que afortunadamente a nadie se le ha ocurrido construir centros comerciales en su lugar. La colonia además se encuentra localizada estratégicamente en la megalópolis, casi en el centro geográfico, por lo que la mayoría de sus principales arterias cruzan o están cerca de la “del Valle”. Todo esto aunado a la gran proliferación de distintos negocios y servicios enfocados a los que habitábamos dicha colonia en aquellos años: escuelas, tintorerías, papelerías, supermercados y un largo etc.

Después de pasar varios años en los que recorrimos diversos apartamentos en mi tierna infancia, por fin nos asentamos en uno sobre la calle de Pilares que tuvo las dimensiones adecuadas para albergar a la familia completa: papá, mamá, 2 niños y la pequeña niña. Aún recuerdo con mucha añoranza el departamento número 602 de dicho condominio. Las pizzas de Julius, en aquella época aún no éramos invadidos por Dominos y Pizza Hut así que esa era de las pocas opciones para degustar dicho platillo italiano; el parque de Tlacoquemecatl, con su iglesia, sus juegos para niños hechos del ahora “peligroso” acero, un monumento a Carlos Gardel que fue uno de mis primeros roces con la cultura argentina y que ignoro si aún sigue en pie, y sus diversas veredas por las que aprendí a andar en bicicleta. Misma bicicleta que en algunas ocasiones mi hermano menor y yo usábamos para desplazarnos a la escuela. Nosotros tuvimos una peculiar bicicleta doble, actualmente guardada esperando a que la queramos restaurar para nuestros hijos, en la cual el arreglo entre mi hermano y yo era sencillo: el conducía al frente mientras yo me acomodaba en el asiento trasero para ayudarlo con el impulso mientras leía algún comic.

Toda esta idílica etapa de mi vida llegó a su fin abruptamente cuando mis padres decidieron mudarse a Villa Coapa. La transición entre departamento rentado, de un solo piso y 3 recámaras, a una casa propia y amplia con varios pisos, recámaras y hasta jardín propio. La mudanza a esta nueva zona, también de clase media pero baja, curiosamente coincidió con varias conclusiones en mi vida personal: terminaron los ochentas, terminé la primaria, terminó la vida en la colonia Del Valle y terminó la infancia. Contar lo que significó pasar la pubertad y adolescencia rodeado de “coapos” después de haber crecido con la fresada da para escribir otro post, solo me limitaré hasta ahora a dejar a su imaginación el choque cultural que esto representó para mí.

Cuando me tocó asistir a clases de inglés en el Centro de Lenguas Extranjeras (CeLE) de la UNAM conocí al “Pecas”, una de las personas que aún considero como uno de mis mejores amigos. Eduardo, como también era conocido el “Pecas”, resultó ser compañero de la preparatoria y muy buen amigo de uno de los vecinos que tuve en el condominio de Pilares: Jorge Hill. Jorge y un servidor reconectamos nuestra relación de la infancia ya en el inicio de la madurez, tanto económica como psicológica. Fue muy grato descubrir muchos puntos en común y gran aprendizaje de Jorge. Junto con Enrique (otro amigo que hice a través de ellos que me bautizó como “Willy”), Jorge, el “Pecas” y yo, formamos un grupo de amigos con un lazo muy unido e intenso que se caracterizó por los excesos: la familia Boy del Mal. Consumí y aprendí de música en exceso, tuvimos fiestas con excesos, nos curábamos las crudas con excesos, veíamos todo tipo de películas en exceso, hablábamos de cualquier tema hasta el exceso y compartimos nuestra amistad basados en esos excesos. Las historias de esta relación da también para otro post, quizá hasta alguna novela medio autobiográfica en la que seguro tendré que resguardar nuestras identidades debido a dichos excesos.

Siempre noté que Jorge y yo teníamos dos fuertes lazos en común: tener aspiraciones literarias y nuestra añoranza por la idílica imagen de la colonia Del Valle. Ambos dejamos de vivir en ella mucho tiempo atrás y los lugares por los que habíamos habitado se parecían poco a donde habíamos compartido nuestra niñez. Jorge ha logrado convertirse en escritor, con todas sus vicisitudes, y en parte de su obra él muestra esa añoranza por esos sencillos tiempos. El día de ayer publicó un post en el que hace una descripción y crítica, muy atinada en mi opinión, al movimiento “hipster”. Mismo movimiento al que Jorge y un servidor despreciamos desde sus inicios por una simple razón: la glorificación de la ignorancia y la estupidez encubiertas por la moda, o lo “hip”, como una solución sencilla la falta de identidad y personalidad propia de muchos chicos de clase media. Mismos chicos a los que quizá les hace falta que la infancia llegue a su fin.

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