Posteado por: wulfrano | enero 4, 2011

La explotación de la nostalgia

Una de las consecuencias de la democratización de Internet es que cada vez es más complicado enfocar nuestro rango de atención. Entre las miles de actividades que uno puede realizar en “la red” están: checar el TL de Twitter, leer los comentarios y logros de nuestros “amigos” en Facebook o perderse al estilo del laberinto de Creta en el “Sopa de Videos” 2.0 mejor conocido como YouTube. Eso aunado a las actividades más tradicionales como filtrar spam,  leer y reenviar(sic) las miles de cadenas que llegan a nuestro correo electrónico, chatear por Gtalk, Messenger, ICQ (¡¡todavía existe!!) o su cliente de mensajería instantánea favorito, leer las noticias en el diario de color-tinte y dirección predilecta o ver porno.

Adicionalmente a esto uno tiene que dedicar tiempo a actividades que ya hasta parecen mas lúdicas como pasar tiempo con los amigos, la familia o los hijos. Si encima agregamos los miles de canales enfocados a todos los distintos gustos/intereses en nuestro servicio de cable disponible, mismo servicio cuya programación hay ocasiones que lo único que intenta promover es esa linda actividad conocida como zapping la cual consiste en cambiar indefinidamente de canal hasta encontrar algo que sea de nuestro agrado.

Nuestra atención está fragmentada. Y el negocio del entretenimiento vive de captar nuestra atención(y por ende nuestros bolsillos). El tsunami, que ya no ola, que ha representado en los últimos años la producción y distribución de reediciones, reinterpretaciones, reimaginaciones y un largo retcétera solo responde a que los estudios de cine y televisión están invirtiendo en lo seguro. Un concepto que en lenguaje del mercado de acciones se conoce como apostarle a los “Blue Chips”: las marcas que tienen posicionamiento desde varios años y que garantizan(otro sic) grandes ganancias. Todo esto para así mantener tranquilos a los accionistas de los estudios y que éstos sigan invirtiendo su dinero con ellos.

Enumerar todos estas entregas a estas alturas del partido resulta un ejercicio burdo y simplón. Todos sabemos que ya casi todo lo que consumimos en los grandes medios audiovisuales está basado en explotar la nostalgia de algún cómic, serie, película, cuento, libro, videojuego, novela gráfica o cualquier formato que se aplique para su adaptación a la pantalla, chica o grande.

Al inicio este ejercicio parecía genial; la oportunidad de ver las visiones de directores de cine, con el respaldo económico y de industria que representa ese monstruo llamado Hollywood, de historias que a todos nos hacen recordar épocas más idílicas, tiempos donde todo era más simple y sorprendernos no era tan complicado. Pero desde el inicio había un sentimiento,  aumentado con las últimas entregas, de que las (re)historias son huecas, simplonas y efectistas en el mejor de los casos. Adicionalmente en los últimos años y, fomentado por el impacto en las ganancias que tiene la piratería, se invita a la gente a consumir esas historias en un formato-bodrio etiquetado como 3D, “nueva” tecnología de hace 50 años que no es más que una serie de 2Ds sobrepuestas.

Hemos perdido la capacidad de asombro. No importan ya cuantos casquillos de bala se repercutan en la última entrega de acción. No importan ya los miles de efectos por computadora que puedan formar parte de una película. No importa que la historia sea original. No importa ya los litros de sangre que se derramen. No importa la coordinación u originalidad de la banda sonora. No importa que los actores sean buenos mientras sean reconocidos o adorados por el vulgo.

No tengo nada en contra de que los accionistas solo quieran hacer dinero. Tampoco en que los estudios de cine quieren seguir llenando las salas de cine; al final todos necesitamos una buena historia que nos conmueva, nos inspire, nos entretenga, nos haga reír o llorar, reflexionar o vernos desde fuera. Todo eso tiene un costo económico y alguien tiene que pagarlo. Con lo que no estoy de acuerdo es que se apunte a nuestras billeteras enfocando sin profundidad a la nostalgia solo por la simple ganancia económica.

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