Posteado por: wulfrano | marzo 28, 2011

ENDDO.

La ciudad de Monterrey y un servidor tenemos una relación amor-odio que cualquier guionista de películas enfocados al público femenino, “Chick flick” para los cuates, envidiaría sin lugar a dudas.

Amo la posibilidad de tener el mejor acceso en México a la frontera con los Estados Unidos para la adquisición de cualquier tipo de objeto de consumo gabacho, con Laredo y McAllen a menos de dos horas de camino en auto. Libros, revistas, discos, gadgets, ropa y un enorme etcétera de cualquier chiva que se pueda comprar en los innumerables puntos de venta o vía el comercio electrónico. La posibilidad de comprar libros usados y tener acceso a materiales didácticos en inglés sobre cualquier tema a precios risibles. Me gusta gastar, como a todos, pero hago el enorme intento de hacer mis compras de manera informada. Y para eso las cybercompras en Estados Unidos se pintan solas. Después de que uno descubre que del otro lado de la frontera existen compañías que por una modesta subscripción y una módica cuota por paquete te reciben cualquier cantidad de envíos de compras realizadas en línea, se abre una gama infinita de posibilidades en lo que uno puede gastarse sus dolaritos.

Odio la clasemedies mocha (que no moka). Me causa repulsión porque me crié en ella. Hago lo posible por huir de esa bonita experiencia que significa montarse en la montaña rusa de la competencia por el coche, el departamento, la pantalla de leds, el MBA, la escuela de los niños, las vacaciones y otro larguísimo etcétera. Me disgusta la total falta de respeto por la gente de clase baja que hace lo posible por llevar una vida honrada rentando su trabajo y esfuerzo físico para hacernos la vida menos complicada. Las muchachas, y muchachos, que nos dan esos servicios son seres humanos que por decisión del destino les tocó arrancar esta carrera con menos privilegios que uno y por lo mismo parece que van aún más en contracorriente. Y por lo mismo creo justo que uno les de una mano conforme a nuestras posibilidades. Esa situación es la historia de todos los días en ciudades como Monterrey.

Esta combinación la que me hace amar-odiar a la norteña ciudad. Cuando el año pasado se abrió la posibilidad de mudarme con un hijo recién nacido y mi esposa a esta ciudad la respuesta inmediata fue un NO rotundo. La posibilidad de arrebatar al bebé de la rica experiencia que significa crecer en la metrópoli chilanga, aunado al hecho de alejarnos de nuestra familia extendida y amigos queridos en esta importante etapa de nuestras vidas me hizo dar la negativa. Adicionalmente la Sultana del Norte en la actualidad está sufriendo un grave problema de inseguridad producto de las políticas de nuestro gobierno de ataque directo a la delincuencia e ignorar la complicada descomposición y diferencias sociales que hay en nuestro país. Después de una larga negociación en la que se cumplieron todas las condiciones que puse para mudarme no tuve otra opción que aceptar.

La experiencia de cambiar de residencia significó dejar atrás todos nuestros lazos con el DF; familiares, amistades, cultura y recreación con todas las opciones infinitas que se tiene en la Ciudad de México. Pero se transformó en pasar el mejor tiempo de calidad que tuve con mi esposa e hijo. Esta semana la experiencia de ser regio importado llega a su fin después de casi un año. Misma experiencia que me ha dejado muchos aprendizajes, pero sobre todo el poder valorar todo lo que uno va acumulando a lo largo de los años.  Agárrense chilangos, que ahí les voy de vuelta.

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